domingo, 25 de diciembre de 2011

Una carta inesperada

Solo espero que esta vez, el Individuo no se haya bebido y regalado a los diablos azules y a las amnesias nudistas parte del premio.



Una carta inesperada

Carlos Tijero Prialé (Lima, 1981)

María:

Te sorprenderá mucho recibir esta carta, y con justa razón, pues el autor de estas líneas, como ya debes estar enterada, ha puesto fin a su existencia hace apenas dos días. Sin embargo, me he visto forzado a escribirte debido a una necesidad inaplazable: darte a conocer las razones que me llevaron a dejarte plantada en el altar el día fijado para nuestra boda.
Un año exacto ha transcurrido desde entonces, y a pesar del largo tiempo, soy sincero en declarar que no he logrado olvidar tu recuerdo, el cual se me manifiesta casi siempre en la forma de la más anormal de tus aprensiones.
Me refiero a tu miedo a los espíritus. Un miedo que probablemente jamás hubiera conocido si no fuera porque un hecho nefasto te impulsara a revelármelo.
Estoy hablando de la temprana muerte de Isabela. ¿Todavía recuerdas a nuestra amiga? En lo que a mí concierne, aún me atormenta hacer memoria de la última ocasión en que disfrutamos de su compañía… Isabela iba sentada a tu lado, en el asiento trasero del automóvil que yo conducía por la carretera a Pilcomayo, en donde teníamos planeado pasar aquella soleada mañana de domingo en uno de los tantos recreos campestres que abundan en la zona. Su conversación era amena y fluida, y solo se veía interrumpida cuando, cerca de la ventanilla de su asiento, pasaban los raudos y vertiginosos neumáticos de un autobús. Entonces nuestra amiga, visiblemente aterrorizada, volvía la cabeza hacia el interior del vehículo, y respirando con dificultad, declaraba que le tenía pánico a las ruedas de los autobuses porque tenía la sospecha de que habría de morir atropellada. Su insólita confesión nos provocó muchas carcajadas. Era algo que nos parecía gracioso e inverosímil, y cuyo significado no pudimos comprender sino hasta una semana más tarde, cuando conocimos la manera en que se había producido su trágico final.
En efecto, tal como lo había sospechado, nuestra pobre amiga encontró la muerte bajo los pesados neumáticos de un autobús. El accidente, desde luego, nos hizo reflexionar acerca de los miedos y sus extrañas relaciones con la muerte. De este modo, llegamos a la siguiente conclusión: que los miedos injustificados revelan la forma en que las personas habrán de terminar sus días.
Fue después de estas cavilaciones cuando te animaste a contarme que también tú eras víctima de un temor insensato. “Le tengo miedo a los espíritus”, dijiste. “A veces pienso que me cogerán de una pierna y me arrastrarán…”.
Por juzgarlo inoportuno, aquella vez me abstuve de compartir contigo mi propio temor. Sin duda fue un error, pues de haberlo hecho, tal vez no hubieras tomado la resolución que adoptaste más adelante.
El caso, María, es que sufro de un pavor irracional a las armas de fuego: me basta ver la fotografía de un rifle, o bien notar el arma reglamentaria que cuelga del cinturón de un policía, para sentir que mi carne se estremece bajo el impacto de una bala.
He aquí, pues, la causa de que no asistiera a nuestra boda. Un día antes de que ésta se celebrara, el exnovio tuyo, el militar, me detuvo en plena calle, y apuntándome a la cabeza con una pistola, me amenazó con darme muerte si me atrevía a sellar nuestro compromiso. Aquella advertencia bastó para que abandonase cuanto antes la ciudad, sin darte explicación alguna. No obstante, luego de meditar con más calma, comprendí que mi proceder había sido absurdo, y fui en tu búsqueda a los pocos días, con la esperanza de explicarte lo sucedido y que me dieras una nueva oportunidad. Fue una tentativa inútil: nada más llegar a tu casa, me enteré por labios de tu madre que te habías prometido en matrimonio con tu exnovio. Enterarme de esta noticia fue un golpe tan duro para mí, que hasta el día de hoy no he logrado superar.
María, el destino dictado por nuestros temores debe cumplirse.
Tú tendrás que morir bajo el tormento de un espíritu; y yo, a consecuencia de un disparo. Pero lo que jamás pude haber imaginado, es que yo iba a ser el espíritu causante de tu muerte, tanto como es de la mía, querida, este revólver calibre 38.

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